
Yoga y neurociencia
La neurociencia moderna ha revelado los profundos efectos del yoga en el cerebro, confirmando sus beneficios a través de estudios que utilizan tecnologías avanzadas de imagenología cerebral. Estas investigaciones han demostrado que la práctica regular de yoga puede producir cambios estructurales en el cerebro, mejorar la regulación emocional y ofrecer beneficios cognitivos y terapéuticos significativos.
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La ciencia moderna descubrió algo que los yoguis sospechan desde hace siglos: la práctica del yoga genera cambios sorprendentes en la estructura y la función del cerebro. Investigaciones con técnicas avanzadas de neuroimagen, como resonancias magnéticas, permiten ver de cerca cómo el yoga fortalece regiones cerebrales clave para la regulación emocional, la atención y la memoria. Estos hallazgos confirman que el yoga hace mucho más que estirar músculos o calmar la mente: transforma de forma profunda la relación entre el cerebro y el cuerpo.
Cambios estructurales en el cerebro
La corteza prefrontal, el hipocampo y la ínsula se llevan buena parte del mérito cuando hablamos de los beneficios neuronales del yoga. Estudios muestran un aumento en el volumen de materia gris en estas zonas, asociado con un mejor manejo del estrés, mayor enfoque y mejor memoria. La corteza prefrontal se relaciona con la toma de decisiones y el control de impulsos, mientras que el hipocampo es esencial para la formación de recuerdos. La ínsula, por su parte, potencia la conciencia corporal y la habilidad de percibir sensaciones internas.
¿Cómo sucede este cambio? En el hipocampo, en particular, se estimula la neurogénesis, que implica la creación de neuronas nuevas. Esta renovación no solo favorece la memoria y el aprendizaje, sino que promueve la plasticidad cerebral, o sea, la capacidad de adaptarse a situaciones inéditas. En la corteza prefrontal, se observan incrementos en la densidad neuronal y en las conexiones sinápticas, lo que deriva en una mayor eficiencia al procesar información y en un mejor control emocional. La ínsula también aporta lo suyo, con un aumento en su espesor cortical que se vincula a la mejora de la conciencia interoceptiva, clave para gestionar emociones de forma saludable.
Beneficios emocionales, mentales y terapéuticos
La práctica regular de yoga fortalece la comunicación entre la corteza prefrontal y otras áreas profundas del cerebro, favoreciendo el autocontrol y la regulación emocional. Con el tiempo, la amígdala —región vinculada al miedo y la ansiedad— reduce su hiperactividad, y esto se traduce en menos reactividad ante situaciones estresantes. De hecho, estudios de EEG (electroencefalografía) demuestran que el yoga mejora la sincronización de ondas cerebrales asociadas a estados de calma y concentración, lo que repercute en un ánimo más estable.
Otro factor importante es la liberación de neurotransmisores, como la serotonina y el GABA, que suelen aumentar con la práctica. Estas sustancias se relacionan con la mejora del estado de ánimo y la disminución de la ansiedad. Además, la estimulación del sistema nervioso parasimpático mediante ejercicios de respiración (pranayama) y posturas relajantes (asanas restaurativas) refuerza la sensación de descanso y estabilidad interna. Todo esto combina una suerte de “efecto de arrastre” positivo: el cerebro aprende a mantenerse centrado y a recuperarse más rápido de episodios de estrés.
Los resultados de estos mecanismos también se ven en contextos terapéuticos. Personas con trastornos de ansiedad, depresión o dolor crónico se benefician de las técnicas de yoga, gracias a la modulación de la respuesta al estrés y la mayor flexibilidad mental que promueve. Al unir posturas físicas, respiración consciente y atención plena, se logra que el cuerpo y la mente cooperen para sanar y equilibrar procesos neurofisiológicos alterados.
¿Cómo el yoga cambia el cerebro?
Los caminos de impacto del yoga son diversos. Por un lado, la corteza prefrontal se entrena a través de la meditación y la atención al presente. Practicar la concentración en la postura o en el ritmo de la respiración fortalece redes neuronales que regulan la impulsividad y la toma de decisiones. Por otro lado, las asanas y la respiración consciente también activan la neurogénesis en el hipocampo, mejorando la plasticidad y la capacidad de adaptarse a experiencias nuevas.
La ínsula, zona que interviene en la conciencia de sensaciones internas, se ve beneficiada de manera especial. Mayor grosor cortical allí significa detectar antes las señales de fatiga, tensión o estrés, y actuar a tiempo. Este aumento en la sintonía con el propio cuerpo se refleja en una mejor gestión de las emociones, porque podemos responder a las adversidades con menor dramatismo y mayor serenidad. Además, la activación del sistema nervioso parasimpático apacigua la actividad de la amígdala, generando una respuesta más ecuánime ante situaciones que antes disparaban ansiedad.
Para completar el combo, posturas de inversión —como el sirsasana (parada de cabeza)— o variaciones de flexiones hacia adelante promueven un mayor flujo sanguíneo cerebral, elevan la oxigenación y mejoran la nutrición de las neuronas. Esto termina reforzando los procesos de regeneración y limpiando residuos metabólicos que se acumulan en el cerebro.
Una puerta abierta a la transformación
El yoga se nos presenta como un aliado profundo para el bienestar mental y el desarrollo de una resiliencia duradera. Es mucho más que estirar músculos o relajarse un rato: reorganiza redes neuronales, potencia la liberación de neurotransmisores benéficos y reduce el estrés, junto con reorganizar nuestra perspectiva de la vida. Lo mejor es que estos cambios no requieren maratones de práctica, hacer piruetas o tener un cuerpo hegemónico, sino un compromiso constante y realista con uno mismo. Con algunas veces por semana, un encuentro personal con el mat de yoga, el trabajo de respiración o meditación desencadena verdaderas transformaciones en nuestra calidad de vida.
Si hablamos de quienes buscan un apoyo extra para su salud emocional, mental o cognitiva, el yoga se perfila como un complemento natural y accesible. Suma recursos que tanto la neurociencia como la experiencia y fundamento filosófico ancestral sostienen. Podemos pensarlo como una vía para conservar el cerebro ágil y la mente clara, a la vez que equilibramos nuestras reacciones internas frente a la vorágine diaria en el esfuerzo físico del yogasana que se traduce como un sistema nervioso "estirado" y por tanto disponible a sostener con mayor integridad y calma las exigencias del cotidiano. Y, si bien los beneficios neurológicos están cada vez más documentados, la invitación final siempre es la misma: probar, sentir y descubrir cuán profunda puede ser esta conexión entre cuerpo, cerebro, movimiento y respiración. Porque es esta la clave para que cada práctica, por simple que parezca, vaya dejando su huella sutil y poderosa en la estructura misma del cerebro y la experiencia de la propia vida.
Con Cariño, para contribuir.
Berenice V.